domingo, 7 de mayo de 2017

LA DOBLE VIDA ES UNA FEA ENFERMEDAD EN LA IGLESIA: HOMILÍA DEL PAPA EN LA MISA DE ORDENACIONES SACERDOTALES (07/05/2017)

El IV Domingo de Pascua, conocido como del "Buen Pastor", y en el ámbito de la 54ta. Jornada Mundial de oración por las vocaciones, el Papa Francisco presidió a las 9:15 AM de este 7 de mayo en la Basílica de San Pedro, la Santa Misa de ordenación presbiteral de diez sacerdotes. Seis de los cuales son para su propia diócesis, que se formaron en el Pontificio Seminario Romano Mayor y en el Colegio diocesano misionero de Roma "Redemptoris Mater". En su homilía, en este caso la ritual de la ordenación de los presbíteros, el Pontífice se alegró por estos hijos llamados al orden del presbiterado e invitó a reflexionar acerca del ministerio al que estaban a punto de ser elevados en la Iglesia, recordando que el Señor Jesús es el único Sumo Sacerdote del Nuevo Testamento, y que en Él también todo el pueblo santo de Dios ha sido constituido pueblo sacerdotal. Compartimos el texto de su homilía, traducido del italiano:

Queridos hermanos:

Estos hijos nuestros han sido llamados al orden del presbiterado. Reflexionemos a qué ministerio serán elevados en la Iglesia. Como bien saben, hermanos, el Señor Jesús es el único Sumo Sacerdote del Nuevo Testamento, pero en Él también todo el pueblo santo de Dios ha sido constituido pueblo sacerdotal. Sin embargo, entre todos sus discípulos, el Señor Jesús quiere escoger a algunos en particular, para que ejercitando públicamente en la Iglesia en su nombre el oficio sacerdotal a favor de todos los hombres, continuaran su personal misión de maestro, sacerdote y pastor. Han sido elegidos por el Señor Jesús no para hacer carrera, sino para este servicio.

Como, de hecho, para esto Él había sido enviado por el Padre, así Él envió a su vez en el mundo primero a los Apóstoles y después a los Obispos y después a sus sucesores, a los que al final les fueron dados como colaboradores, los presbíteros, que, unidos a ellos en el ministerio sacerdotal, son llamados al servicio del Pueblo de Dios.

Después de una madura reflexión y oración, ahora estamos por elevar al orden de los presbíteros a estos hermanos nuestros, para que al servicio de Cristo, Maestro, Sacerdote, Pastor, cooperen en la edificación del Cuerpo de Cristo que es la Iglesia en Pueblo de Dios y Templo santo del Espíritu Santo.

Ellos serán, de hecho, configurados con Cristo Sumo y Eterno Sacerdote, serán consagrados como verdaderos Sacerdotes del Nuevo Testamento y a este título, que los une en el Sacerdocio a su Obispo, serán predicadores del Evangelio, Pastores del Pueblo de Dios, y presidirán las acciones de culto, especialmente en la celebración del sacrificio del Señor.

En cuanto a ustedes, hijos y hermanos dilectísimos, que están por ser promovidos al orden del presbiterado, consideren que ejercitando el ministerio de la Sagrada Doctrina serán partícipes de la misión de Cristo, único Maestro. Dispensen a todos esa Palabra de Dios, que ustedes mismos han recibido con alegría, de niños. Lean y mediten asiduamente la Palabra del Señor para creer lo que han leído, enseñar lo que han aprendido en la fe, vivir lo que han enseñado.

Que sea pues, alimento para el Pueblo de Dios su doctrina, simple, como hablaba el Señor, que llegaba al corazón. No hagan homilías demasiado intelectuales y elaboradas: hablen de manera simple, hablen a los corazones. Y esta predicación será verdadero alimento. Y que sea alegría y sostén a los fieles también el perfume de su vida, porque la palabra sin el ejemplo de la vida no sirve, es mejor volver a empezar. La doble vida es una fea enfermedad en la Iglesia.

Reconozcan, pues, lo que hacen. Imiten lo que celebran porque participando en el misterio de la muerte y resurrección del Señor, llevan la muerte de Cristo en sus miembros y caminan con Él en la novedad de la vida. Un presbítero que ha estudiado quizá mucha teología y ha hecho una, dos, tres carreras pero no ha aprendido a llevar la Cruz de Cristo, no sirve. Será un buen académico, un buen profesor, pero no un sacerdote.

Con el Bautismo agregarán nuevos fieles al Pueblo de Dios. Con el Sacramento de la Penitencia perdonarán los pecados en el nombre de Cristo y de la Iglesia. Por favor, les pido en nombre de Cristo y de la Iglesia ser misericordioso, siempre; no carguen sobre la espalda de los fieles pesos que no puedan cargar, y tampoco ustedes. Con el óleo santo darán alivio a los enfermos. Una de las tareas – quizá aburrida, también dolorosa – es ir a buscar a los enfermos. Háganlo, ustedes. Sí, está bien que vayan los fieles laicos, los diáconos, pero no se olviden de tocar la carne de Cristo sufriente en los enfermos: esto los santifica, los acerca a Cristo. Celebrando los ritos sacros y elevando en las distintas horas del día la oración de alabanza y de súplica, se harán voz del Pueblo de Dios y de la humanidad entera.

Conscientes de ser elegidos entre los hombres y constituidos en su favor para atender las cosas de Dios, ejerciten con alegría y caridad sincera la obra sacerdotal de Cristo. Sean felices, no tristes. Alegres. Con la alegría del servicio de Cristo, también en medio de los sufrimientos, de las incomprensiones, de los propios pecados. Tengan siempre frente a sus ojos el ejemplo del Buen Pastor, que no ha venido para ser servido sino para servir. Por favor, no sean "señores", no sean "clérigos de Estado", sino pastores, pastores del Pueblo de Dios.

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