domingo, 19 de marzo de 2017

ACERCARNOS A JESÚS EN LOS QUE SUFREN: ÁNGELUS DEL 19/03/2017

Este tiempo de Cuaresma es la ocasión buena para acercarnos a Jesús y encontrarlo en la oración, y ver su rostro en el rostro de los hermanos que sufren: fue esta la invitación del Papa Francisco a la hora del Ángelus del tercer domingo de Cuaresma este 19 de marzo, ante los peregrinos llegados a la plaza de San Pedro. Tomando el pasaje del Evangelio de Juan que relata el encuentro de Jesús con la Samaritana, a quien le pide de beber, el Papa Francisco hizo hincapié en que el agua que dona la vida eterna la hemos recibido en el Bautismo pero quizás la hemos olvidado o estamos en búsqueda de "pozos" cuyas aguas no nos sacian la sed. El Obispo de Roma recordó que Jesús nos habla también a nosotros como a la samaritana. Por ello, este tiempo de Cuaresma es la ocasión buena para acercarnos a Él - aseguró - y renovando en nosotros la gracia del Bautismo, volvernos artífices de reconciliación e instrumentos de paz. Reproducimos a continuación el texto completo de su alocución, traducido del italiano:

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

El Evangelio de este domingo, tercero de Cuaresma, nos presenta el diálogo de Jesús con la Samaritana (cfr. Jn 4, 5-42). El encuentro sucedió mientras Jesús atravesaba Samaria, región entre Judea y Galilea, habitada por gente que los judíos despreciaban, considerándola cismática y herética.

Pero precisamente esta población será una de las primeras en adherir a la predicación cristiana de los Apóstoles. Mientras los discípulos van a la aldea a procurarse algo de comer, Jesús se queda en un pozo y pide que le de beber a una mujer, que había ido allí para sacar el agua. Y de este pedido comienza un diálogo. ¿Cómo es que un judío se digna de preguntar algo a una samaritana? Jesús responde: "Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice: 'Dame de beber', tú misma se lo hubieras pedido, y él te habría dado agua viva". Un agua que sacia toda sed y que se transforma en fuente inagotable en el corazón de quien la bebe. (v. 10-14)

Ir al pozo a sacar agua es fatigoso y aburrido; ¡sería bello tener a disposición una fuente fluyente! Pero Jesús habla de un agua diversa. Cuando la mujer se da cuenta que el hombre con el que está hablando es un profeta, le confía la propia vida y le presenta cuestiones religiosas. Su sed de afecto y de vida plena no ha sido apagada por los cinco maridos que ha tenido, es más, ha experimentado desilusiones y engaños. Por eso la mujer queda impresionada por el gran respeto que Jesús tiene por ella y cuando Él le habla incluso de la verdadera fe, como relación con Dios Padre "en espíritu y en verdad", entonces intuye que aquel hombre podría ser el Mesías y Jesús – cosa rarísima – lo confirma: "Soy yo, el que habla contigo" (v. 26). Él dice de ser el Mesías a una mujer que tenía una vida así desordenada.

Queridos hermanos, el agua que dona la vida eterna ha sido esparcida en nuestros corazones en el día de nuestro Bautismo; entonces Dios nos ha transformado y llenado de su gracia. Pero puede darse que este gran don lo hemos olvidado, o reducido en un mero dato del registro civil; y quizás estamos en búsqueda de "pozos" cuyas aguas no nos sacian la sed. Cuando olvidamos beber agua, vamos en búsqueda de pozos que no tienen agua limpia. Entonces ¡este Evangelio es precisamente para nosotros! No sólo para la Samaritana, ¡es para nosotros! Jesús nos habla como a la Samaritana. Cierto, nosotros ya lo conocemos, pero quizás todavía no lo hemos encontrado personalmente, sabemos quién es Jesús, pero quizás no lo hemos encontrado personalmente, hablando con Él, y todavía no lo hemos reconocido como nuestro Salvador. Este tiempo de Cuaresma es la ocasión buena para acercarnos a Él, encontrarlo en la oración en un diálogo corazón a corazón, ver su rostro en el rostro de un hermano o de una hermana sufriente. De este modo podemos renovar en nosotros la gracia del Bautismo, refrescarnos en la fuente de la Palabra de Dios y de su Santo Espíritu; y así descubrir también la alegría de volvernos artífices de reconciliación e instrumentos de paz en la vida cotidiana.

Que la Virgen María nos ayude a tomar constantemente de la gracia que brota de la roca que es Cristo Salvador, para que podamos profesar con convicción nuestra fe y anunciar con alegría las maravillas del amor de Dios, misericordioso y fuente de todo bien.

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