miércoles, 2 de febrero de 2011

EL PULSO DEL PAPA - PROFUNDAMENTE CONTEMPLATIVA Y LABORIOSA

En la primera audiencia general del mes de febrero, celebrada en el Aula Pablo VI del Vaticano, Benedicto XVI habló sobre Santa Teresa de Jesús, la grande santa que nació en Ávila, España, el 28 de marzo de 1515 con el nombre de Teresa Sánchez de Cepeda Dávila y Ahumada.

A los veinte años entró al monasterio carmelita de la Encarnación, en Ávila, donde tomó el nombre de Teresa de Jesús. A los 67 años murió en Alba de Tormes el 4 de octubre de 1582. Fue beatificada en 1614, canonizada en 1622 y proclamada Doctora de la Iglesia en 1970.


Su confesor, Francisco de Ribera, trazó así su retrato: “Era de muy buena estatura, y en su mocedad hermosa, y aun después de vieja parecía harto bien… …la tez color blanca y encarnada, y cuando estaba en oración se le encendía y se ponía hermosísima… …los ojos negros y redondos; no grandes, pero muy bien puestos, vivos y graciosos, que en riéndose se reían todos y mostraban alegría… …Toda junta parecía muy bien y de muy buen aire en el andar, y era tan amable y apacible, que a todas las personas que la miraban comúnmente aplacía mucho”.

El Papa dijo en su tradicional catequesis que durante su adolescencia Teresa gustaba de la lectura de libros profanos, cosa que la condujo a una vida mundana, pero que posteriormente “la lectura de autores espirituales la inició en el recogimiento y en la oración” y explicó que en su lucha contra diversas enfermedades graves, ella supo ver “el combate contra las debilidades y las resistencias a la llamada de Dios. En la Cuaresma de 1554, a los 39 años, Teresa llegó a la cumbre de la lucha contra sus propias debilidades”, agregó que “paralelamente a la madurez de su vida interior, la Santa comenzó a desarrollar concretamente el ideal de reforma de la Orden Carmelita: en 1562 fundó en Ávila, con el apoyo del obispo de la ciudad, don Álvaro de Mendoza, el primer Carmelo reformado y en los años siguientes prosiguió las fundaciones de nuevos Carmelos, en total diecisiete” y explicó que para la reforma de la Orden fue “fundamental el encuentro con San Juan de la Cruz, con quien, en 1568, en Duruelo, cerca de Ávila, fundó el primer convento de frailes Carmelitas Descalzos”.

Benedicto XVI hizo notar que “Teresa de Jesús no tuvo una formación académica, pero siempre hizo tesoro de las enseñanzas de teólogos, literarios y maestros espirituales. Entre sus obras, destacan el Libro de la vida, en el que presenta su alma a san Juan de Ávila; Camino de perfección, dedicado a sus religiosas como programa espiritual y la obra mística más famosa es El Castillo interior o las Moradas, en la que muestra el desarrollo de la vida cristiana hacia la santidad. A su actividad de fundadora de los Carmelos reformados dedica el Libro de las fundaciones”.

En referencia a la espiritualidad teresiana, el Papa destacó “las virtudes evangélicas como base de toda la vida cristiana y humana; una profunda sintonía con los grandes personajes bíblicos y la escucha de la Palabra de Dios” y agregó que “la Santa subraya también que la oración es esencial” y que “al lector de sus obras le enseña a orar, rezando con él. Otro tema preferido de la santa es la centralidad de la humanidad de Cristo. De ahí la importancia que concede a la meditación sobre la Pasión y a la Eucaristía, como presencia de Cristo en la Iglesia, para la vida de cada creyente y como corazón de la liturgia. Vive además un amor incondicional a la Iglesia”. Benedicto XVI subrayó además un aspecto esencial de la doctrina de Santa Teresa: “la perfección como aspiración de toda la vida cristiana y meta final de la misma”.

El Papa concluyó su catequesis reflexionando en que “Teresa de Jesús es una verdadera maestra de vida cristiana para los fieles de todos los tiempos. En nuestra sociedad, a menudo carente de valores espirituales, Santa Teresa nos enseña a ser testigos incansables de Dios, de su presencia y de su acción. Que el ejemplo de esta santa, profundamente contemplativa y eficazmente laboriosa, nos empuje a todos a dedicar cada día el tiempo adecuado a la oración, a la apertura a Dios, para hallar su amistad y así la verdadera vida. Por eso, el tiempo dedicado a la oración no es un tiempo perdido; es un tiempo en el que se abre el camino de la vida, para aprender de Dios un amor ardiente a Él y a su Iglesia, y una caridad concreta con nuestros hermanos”.

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