jueves, 27 de enero de 2011

EL PULSO DEL PAPA - QUE REGRESE LA PAZ

La violencia que azota a México no parece disminuir, muy al contrario, crece a pesar de los esfuerzos de la autoridad. El clamor de los mexicanos ya es uno: el retorno de la seguridad a nuestra patria. Hoy se anhela, se exige, que se ponga fin a la corrupción, al crimen, extorsiones, tráfico de drogas, a las balaceras; que regrese la paz. Pero esto se ve muy lejano, si no es que incierto.

El gobierno de México ha emprendido una guerra contra el crimen organizado. Es lo menos que puede hacer para evitar que se quiebre la autoridad, que impere la anarquía. Ha emprendido acciones endureciendo leyes, armando a las policías, sacando al ejército a las calles. Es patente que tiene por prioridad el empleo de la fuerza, pero a la luz de la historia se comprueba que todo esto no es más que la consecuencia de haber despreciado durante el siglo XX, la ética, la formación de las conciencias, la moral y lo religioso. Es también el efecto de haber expulsado a Dios de la cosa pública, de haber perseguido a la fe, especialmente a inicios del siglo pasado cuando el gobierno sacó al ejército a las calles pero para abalanzarlo contra el pueblo creyente, contra los mexicanos católicos.

Este tsunami de violencia no es exclusivo de México, ya el Papa Benedicto XVI denunciaba, desde el campo de concentración de Auschwitz, el 28 de mayo de 2006, que “El paso del tiempo nos permite reconocer en el siglo XX una época verdaderamente trágica para la humanidad: sangrientas guerras que sembraron destrucción, muerte y dolor como no había sucedido nunca antes; ideologías terribles que tuvieron en su raíz la idolatría del hombre, de la raza, del Estado, y que llevaron una vez más al hermano a matar a su hermano… …un camino de odio que nace cuando el hombre olvida a su Creador y se pone a sí mismo en el centro del universo”.

Ya desde 1963, cuando la humanidad intentaba consolidar la paz luego de dos guerras mundiales, de bombardeos nucleares sobre Hiroshima y Nagasaki en 1945 y de la guerra de Corea a inicios de la década de los 50, el Papa Juan XXIII presentaba la Carta Encíclica, Pacem in Terris o “Paz en la Tierra”, que ahora, a casi 50 años, sigue siendo un dinámico razonamiento que asegura la paz para el mundo y, por supuesto, para México.

Pacem in Terris comienza por establecer los derechos del ser humano: Derecho a la existencia y a un decoroso nivel de vida, a la buena fama, a la verdad, a la cultura, al culto divino, a la propiedad privada, a intervenir en la vida pública, a la seguridad jurídica; derechos familiares, económicos, de reunión, asociación, de residencia y emigración. Pero también establece sus obligaciones: respetar los derechos ajenos, colaborar y actuar con sentido de responsabilidad. Además determina que los fundamentos de la convivencia son la verdad, la justicia, el amor y la libertad.

La carta encíclica reconoce, por supuesto, que la autoridad es necesaria, pero dispone que debe estar sometida al orden moral y que debe respetar el ordenamiento divino para poder obligar en conciencia, pues así como la autoridad obliga al ciudadano, obliga también al gobernante porque está ligado a la naturaleza humana.

Desde hace casi 50 años Juan XXIII ya veía que “la autoridad política es insuficiente para lograr el bien común universal”, por lo que propuso una “presencia activa de las virtudes morales y de los valores espirituales en todos los campos de la cultura, la técnica y la experiencia” para hallar congruencia entre la fe y la conducta. Luego presenta un llamamiento a esta “tarea gloriosa y necesaria” y concluye afirmando que “es necesario orar por la paz”.

Pacem in Terris termina con esta exhortación: “Pidamos, pues, con insistentes súplicas al divino Redentor esta paz que Él mismo nos trajo. Que Él borre de los hombres cuanto pueda poner en peligro esta paz y convierta a todos en testigos de la verdad, de la justicia y del amor fraterno. Que Él ilumine también con su luz la mente de los que gobiernan las naciones, para que, al mismo tiempo que les procuran una digna prosperidad, aseguren a sus compatriotas el don hermosísimo de la paz. Que, finalmente, Cristo encienda las voluntades de todos los hombres para echar por tierra las barreras que dividen a los unos de los otros, para estrechar los vínculos de la mutua caridad”.

Hoy los gobiernos tienen por solución el empleo de la fuerza, pero es imperativo que retomen principios como los que propuso Juan XXIII.

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